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ORIGEN DE LA IGLESIA DE LA ATALAYA
Pocos datos escritos poseemos de lo que fue en otros tiempos la capilla de la Atalaya, hoy morada de nuestro Buen Jesús Nazareno. La tradición cuenta que donde hoy se encuentra la actual capilla se había erigido un castillo para defender la entrada del puerto, cruzándose el fuego de sus cañones con los de piezas enclavadas en "Punta Muyeres". Aún hoy pueden observarse las cortaduras de castillo que se dice allí había, pudiendo distinguirse perfectamente, en los restos de los muros que aún se conservan, las almenas para el emplazamiento de las armas artilleras.
No se sabe si de este mismo tiempo o posterior data la ermita de la Blanca, Nuestra Señora de la Blanca, "Estrella del Mar" como la apellidaban los marineros e invocaban en sus oraciones los navegantes. Edificada sobre la altura que domina La Villa y el mar, había en ella los antiguos altares de Cristo Crucificado y la Virgen María, de gran devoción para los antiguos luarqueses.
Cual acontece con otros santuarios de nuestro Principado, la tradición refiere que la actual imagen de la Virgen de la Blanca fue hallada en una cueva labrada por el inquieto mar, conocida hoy esta cueva con el nombre de "Cueva de la Blanca", túnel horadado en la roca viva y que atraviesa la punta del "Focicón", pasando por debajo de la capilla y del faro, para dar salida a la playa de las "Xarreas", con una longitud aproximada de unos cien metros.
A pesar de esta leyenda, lo más probable es que la tal imagen fuese de las arrojadas al mar en Inglaterra cuando el cisma y separación de aquel pueblo del catolicismo y que flotando sobre las aguas vino a quedar varada en la cueva donde se encontró.
Algunos sostienen la teoría de que esta imagen debió ser algún resto de una antigua embarcación naufragada que la llevaría a bordo como mascarón o para culto de la tripulación.
Son muchos los peregrinos que, durante todo el año, acuden fervorosos a la Atalaya para poner sus vidas al pie del Nazareno, pedirle protección y darle gracias por los favores recibidos. En realidad, en este incomparable paisaje, se encuentran, como dicen los antiguos, los seres más queridos de los luarqueses: El Nazareno en la Atalaya y sus difuntos en el Cementerio.
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